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    Resurrección
    por Nityananda

     


    Yo soy la resurrección y la vida, Juan 11.25.

    Soy consciencia pura, omnipresente y desprovista de ego, que no conoce ni nacimiento ni muerte pues, como el espacio, no está sujeta a la destrucción, Yoga Vasishtha, libro VI-II (p. 405).


    La resurrección supone, en primer lugar, superar la identificación con el mundo y con lo impermanente, al volver al hogar de nuestra propia naturaleza: ser-consciencia-gozo. Ya no nos identificamos más con lo perecedero, con lo que está destinado a desaparecer, sino con aquello que siempre ha sido, siempre es y siempre será. La consciencia, en sí misma, es indestructible, siempre está presente, aunque cambie constantemente aquello que es percibido por ella.

    Los seres humanos experimentamos tres estados principales: el estado de vigilia de nuestra vida diurna, el estado de soñar y el estado profundo de dormir sin sueños. Nuestra consciencia sigue activa en estos tres estados, aunque de forma y grados diferentes. Incluso en el estado de dormir sin sueños hay un tipo de consciencia sutil, aunque no experimentemos ahí ni nuestro cuerpo ni nuestra mente. Por ello, desde que nacimos ha existido la consciencia; ésta es indestructible, y es lo único que ha permanecido constante en nuestra vida cambiante. Por ello la consciencia forma parte de la fórmula que explica nuestra naturaleza real: ser-consciencia-gozo. “La consciencia es la única realidad sustancial, tanto en el sueño como en la vigilia. Ella es el Señor, la verdad suprema: tú eres Eso, yo soy Eso y todo lo que hay es Eso”, (Yoga Vasishtha, libro VI-II, p. 353).

    El ser y la consciencia son la verdad y el fundamento de la existencia, más allá del engaño del samsara, de lo impermanente. Todos los fenómenos se manifiestan en la consciencia y desaparecen. Ésta, como el espacio, es la pantalla donde se proyecta la película de la vida cambiante. Y es también la luz que vivifica y anima las imágenes, que sólo son visibles gracias a ella. Mientras vemos la película no podemos dejar de contemplar el espectáculo de las diferentes imágenes, pero si ésta se acabase, y prestásemos atención, podríamos ver la luz pura remanente, sin objetos, que hace posible todo. La luz que es la vida real.

    Si observamos cómo nacen nuestros pensamientos, se desarrollan y desaparecen, podremos observar nuestra mente. Y en la medida en que podemos observarla nos damos cuenta de que no somos lo que pensamos. Somos la consciencia que observa la mente.

    El Yoga enseña que, al igual que de detrás de nuestro cuerpo y nuestra mente hay una consciencia (nosotros, en realidad) que los experimenta, detrás de todos los fenómenos del universo hay una única consciencia absoluta que lo experimenta todo. Esta consciencia absoluta recibe muchos nombres, como “Shiva” (el nombre de Dios para los Siddhas), o “consciencia cósmica”. Igual que nuestra mente, con el apoyo de nuestra consciencia, genera pensamientos incesantemente, la consciencia cósmica genera la creación, el universo entero. Pero, tanto los pensamientos como la creación son temporales, son reales pero no son eternos, por lo que se puede decir que no hay verdad absoluta en ellos. Este aspecto creador de la consciencia absoluta se llama “Shakti”. Shiva es el Padre, la consciencia absoluta, y Shakti es la Madre, la energía suprema o poder que da forma a todas las cosas.

    Y nuestra consciencia limitada es parte de la consciencia cósmica, estamos unidos a ella; estamos unidos a Dios, igual que una gota está unida al océano. Pero nuestro estado de ignorancia nos impide ver esta unidad, al igual que la ola que surge sobre el mar podría pensar que está separada de él.

    Jesús estaba libre de esta ignorancia y sabía quién era en realidad: sus declaraciones son la manifestación constante de la verdad del ser. Y sus actos milagrosos demostraron que sus afirmaciones eran ciertas, que estaba en un estado de irrevocable unidad con el Padre o Shiva.

    El poder divino que emanaba de Jesús, su Shakti, en su estado de unión con la Divinidad, le permitió manifestar la realidad trascendente de su Ser con el milagro de la resurrección de su cuerpo. Él ya había resucitado su consciencia de la identificación con la carne y el mundo, en la vida eterna del Ser siempre presente.


    Del libro "El Yoga de Jesús".



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